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El Teide es para
los canarios, y en especial para los tinerfeños, el
símbolo más característico de las Islas. Desde la
lejanía Tenerife es... ¡el Pico de Teide! Sobre las
nubes su silueta se divisa, en toda su grandeza y
esplendor, muchas millas antes de llegar a Las
Afortunadas. Como reza la copla, "Tenerife es un
volcán", y todo lo demás, sus valles, pueblos...,
son personajes secundarios de ésta "gran apoteosis
del fuego". Con sus 3.718 metros es el más alto de
los montes de España. El gigantesco cono que hoy
constituye el Teide es un volcán originado por
innumerables y sucesivas erupciones, cuyos productos
se han ido superponiendo a lo largo de los tiempos,
configurando la gran caldera central de la isla de
Tenerife, desde cuyo centro emerge el Pico de Teide;
su cráter se apagó en 1908, en que por el Sur,
surgió el Chinyero, el último volcán que asustó a
Tenerife. Arriba sólo llega una flor: la violeta del
Teide. A la pequeña violeta le corresponde el honor
de ser la planta fanerógama que habita en mayores
alturas de todo el territorio nacional.
El hombre, aunque dispone de un medio artificial
para subir -el funicular-, debe seguir subiendo a
pie, como lo hemos hecho todos los que se precien de
conocer Tenerife, a la hora en que el Sol se
despierta. Desde allí se contemplan las siete islas,
o, mejor ocho, porque en algunas madrugadas, entre
La Palma y El Hierro, se divisa también San Borondón,
la isla fantasmagórica y legendaria de los
navegantes. También, dicen algunos, en ciertos días
se atisban las costas del continente africano.
En las Faldas del Piro, con embrujos de retama, Las
Cañadas constituyen un paisaje lunar, con el
espectáculo dantesco de Ucanca, en que los ocres y
negros de las lavas contrastan intensamente con el
blanco amarrillento del polvo silíceo, transportado
desde el desierto del Sahara por los vientos del SO,
y el color de sus tierras únicas -"Los Azulejos-",
bajo una luz implacable , en un conjunto dominado
por la imponente mole del Teide.
En una primera impresión es difícil percatarse de
que en este entorno exista algo que no sea mineral,
pero en seguida es fácil apreciar que en este
desolado lugar y en todas aquellas partes donde el
suelo ofrece un mínimo de condiciones aparece un
mundo vegetal variado y deslumbrante, perfectamente
adaptado a la exagerada sequía, a la intensidad de
la luz y a las radiaciones solares y a las enormes
oscilaciones térmicas.
En la breve primavera que en estas alturas se
desarrolla desde finales de abril hasta mediados del
mes de junio y en los escasos días en que la
combinación de la temperatura y la humedad es
óptima, se produce una eclosión biológica, un
despertar de la vida, difícil de imaginar. LAs matas
y arbustos se visten de flores abigarradas con todas
las tonalidades del arco iris, en un esfuerzo
apresurado de aprovechar el tiempo disponible para
completar sus ciclos biológicos. El aire se
embalsama de perfumes, el zumbido de los insectos
polinizadores es constante. Todo lo viviente, hasta
entonces aletargado por el frío, y antes de adoptar
sus dispositivos de defensa ante la larga sequía que
se avecina, entra en intensa actividad
.
En es te cuadro majestuoso, envuelta entra calinas y
reverberaciones, aparece la leyenda. Porque si en
las Islas se sitúa el Jardín de las Hespérides, el
monte Atlante se identifica con el Teide. Un sabio
griego escribió: "La maldición de Júpiter convirtió
a Atlas en un alto monte cuya cúspide se escondía
entre nubes; las trenzas de sus barbas se
convirtieron en fibras de nieve y hielo, y los
miembros altos de su cuerpo parecían de musculatura
rocosa; en torno a su cintura está el valle más
hermoso del mundo..."
ALFONSO
SORIANO Y BENÍTEZ DE LUGO
Presidente del Patronato del Parque Nacional del
Teide
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